A las nueve de la mañana partió de la Estación del Mexicano el tren especial de invitados a San Juan Teotihuacan, efectuándose la salida en excelentes condicones, pues la frescura de la mañana anunciaba un buen día para excursionar; y así fue, en efecto, la exploración de la vasta zona arqueológica de Teotihuacan exige una resistencia a toda prueba en atención a que hay que escalar la gran pirámide para hacer el viaje completo. El tren llegó a las diez a la estación de Teotihuacan donde esperaba el Inspector General de Monumentos Arqueológicos con sus ayudantes y el personal de la inspección, además del señor ministro de Instrucción Pública y de los distinguidos huéspedes que lo acompañaban.
Los agregados al protocolo que acompañaban a los señores ministros que quisieron tomar parte en la visita a las pirámides hicieron la presentación de los caballero y damas extranjeras con el señor Batres, a quien desde este momento correspondía hacer los honores. A su invitación subieron al tren especial de primera, que remolcado por una máquina del ferrocarril de las pirámides, se puso en marcha, conduciendo a una parte distinguida de la concurrencia. En otro tren compuesto de un cabouse y plataformas salieron los demás invitados, miembros del Congreso Americanista, invitados de la Secretaría de Relaciones y de la Secretaría de Instrucción Pública, educadores prominentes que nos visitan, prensa y la Orquesta Típica Lerdo, además de la Banda de Policía, que fue en el mismo tren especial.
La primera visita fue para una antigua construcción que se haya en un suburbio de San Juan Teotihuacan, donde se ha instalado un pequeño museo de objetos recogidos en los alrededores. Después se paró el convoy de los dos trenes frente a la "ciudad subterránea" que también fue visitada por los excursionistas, a la luz de antorchas.
Acto continuo principió la visita a las construcciones monumentales que rodean la gran pirámide del Sol. El señor Batres iba explicando detalladamente, en francés, los diversos significados de los restos de construcciones, rodeado de los más prominentes americanistas. Las explanadas, las pequeñas construcciones en forma de pirámides truncadas que rodean la colosal mole restaurada, elevada al culto del Sol, eran objeto de un examen minucioso y de comentarios basados en la observación de la configuración del terreno, materialmente poblado de ruinas. Puede decirse, sin exageración que la inmensa zona arqueológica de Teotihuacan es una gran ciudad cubierta por sus propios escombros.
Removiendo un poco éstos, se descubren, y de hecho véanse descubiertos, restos de templos, casas, plazoletas, explanadas, escalinatas casi intactas que conducían a las habitaciones demolidas y ocultas por derrumbes y malezas.
El inspector de Monumentos iba desarrollando el vasto panorama de las ruinas, al mismo tiempo que sus explicaciones, como una guía de viva voz; desarrollaba las teorías modernas basadas sobre los hechos experimentales, sobre el descubierto llevado a cabo paso a paso en la zona arqueológica, de importantísimos documentos de la antigua civilización tolteca.
Al mismo tiempo que este paseo arqueológico se verificaba en torno a la gran pirámide, otros excursionistas ascendían al monumento colosal por las escalinatas del lado oeste, y llegaban a la cima, desde donde se domina el hermoso panorama del Valle de Teotihuacan, como un inmenso anfiteatro de montañas, entre las que se abre a lo lejos el Valle de México, detrás de una cinta luminosa de agua, tras de la cual se ve la gran ciudad con poderoso anteojos de campo. Hasta la una de la tarde duró la visita en torno de la Pirámide del Sol, que terminó en los frescos descubiertos hace tres años y guardados bajo vidrieras.
Al terminar la visita a pleno aire, los americanistas se dirigieron al Museo de las Pirámides de Teotihuacan, donde ya esperaban el señor ministro de Relaciones Exteriores y el señor subsecretario Gamboa. El Museo está espléndidamente instalado; forma un gran cuadrilátero con una galería de lámina, sostenida por columnas de hierro y cubierta en el centro por un techo de forma de mansarda, con cristales opacos, que dan paso a una luz meridiana. La instalación está compuesta en torno por zócalos cúbicos de piedra, que sostienen las piezas de grandes dimensiones encontradas en la zona arqueológica, entre las que llaman la atención tres grandes "Cruces de Teotihuacan", monolitos de donde fue tomado el modelo del distintivo del XVIII Congreso Americanista. Encerrados en nueve grandes vitrinas de cristal y acero, se encuentran las piezas pequeñas y las más notables, entre las que se cuentan muchos ejemplares de máscaras pequeñas primorosamente esculpidas en jade, diorita, chalchihuite; un ídolo, también tallado en jade y varias orejeras en chalchihuite y mármol, y también varios ídolos en mármol.
Hay muchos objetos de cerámica policroma, utensilios de barro cocido, algunos afectando formas verdaderamente artísticas.
En el Museo de Teotihuacan, los americanistas explicaban cada uno su especialidad, entre ellos los señores Boas, Hrdlicka, Heger, Seler, que trataban puntos referetes a arqueología, y el doctor Krumm-Heller, que hablaba sobre craneología comparada entre los antiguos peruanos y los antiguos mexicanos, explicando sus observaciones sobre "hueso incaico".
Inaugurado el Museo, la concurrencia, después de dejar sus nombres en el álbum abierto ayer y depositado en el salón, se dirigió a la gruta, donde estaba servida una excelente comida, en la que alternaron las tres músicas que hemos citado, ejecutando aires nacionales y extranjeros, así como los himnos de las naciones representadas, que fueron escuchados de pie.
Los aires mexicanos entusiasmaron el auditorio que aplaudió estruendosamente.
A la hora del champaña, la concurrencia, pidió que hablara el señor Sierra; el señor ministro se levantó de su asiento y dijo que a quien correspondía hablar, y así lo suplicaba él, era al señor ministro de Relaciones, que presidía la mesa como invitado de honor.
El señor Creel se puso en pie y principió diciendo que al contemplar las grandiosas Pirámides de Teotihuacan, al palpar con sus manos los objetos sagrados de los que unos vivieron con ella y otros varios siglos, antes que ella, se sentía la necesidad de investigar la verdad que hasta hoy ha estado oculta y descorrer el velo que la cubre, con las manos de los hombres de ciencia que estaba agrupados en torno de ella, en una gruta que hablaba con la elocuencia de los tiempos pasados. Hizo referencia al objeto alto y noble que lo congregaba y cómo la ciencia borraba las nacionalidades hasta convertir a los hombres en una sola familia humana, y en elocuentes frases brindó por la cofraternidad universal y por las naciones cultas que habían nombrado sus representantes a tan distinguidos huéspedes. Un aplauso unánime cubrió las palabras del señor Creel.
El señor Sierra se puso en pie a su vez y dijo que era su deber hacer constar que no era si no el ejecutor de la voluntad del señor Presidente de la República, quien le había dicho: "Todos estos tesoros arqueológicos que poseemos debemos ponerlos al alcance de todos los hombres de ciencia que quieran estudiarlos; no somos sino los guardianes de ellos y nuestro deber es contribuir a que se haga la luz sobre la civilización de nuestros antepasados". En este concepto, continuó el señor Sierra, no hemos hecho sino poner al descubierto este libro que yacía no en el olvido, sino en la sombra, y entrega al estudio de nuestros amigos los americanistas nuestros tesoros sepultados y que hoy proclaman la grandeza de un pueblo que pasó con un alto ideal religioso por emblema, porque sólo así con un gran ideal por su guía, se realizan las grandes obras de la humanidad. Dijo que con tan suprema enseñanza, al surgir descubiera por la mano de un hombre que había puesto todo su esfuerzo en esa árdua labor, la Pirámide había presidido la sesión del Congreso Americanista en Teotihuacan. Terminó diciendo que México seguiría trabajando para ofrecer a los americanistas todo lo que guarda de sus antepasados, de los que se sentía orgulloso de ofrecer hoy esta magnífica página eterna de la civilización tolteca. El señor Sierra fue interrumpido varias veces por los aplausos que cubrieron el final de su brindis estruendosamente.
A las cuatro y media de la tarde terminó el banquete y la concurrencia regresó con el recuerdo perpetuo, como dijo el ministro Sierra, de haber contemplado una de las obras colosales de la humanidad. Una ciudad muerta, cubierta por un sudario de flores, ocultando los túmulos de sus palacios desaparecidos, misteriosa y sagrada en las monumentales ruinas de su civilización muerta.
Entrevistados algunos americanistas distinguidos sobre la impresión que habían recibido de su visita a Teotihuacan, contestaron las siguientes impresiones, que procuramos traducir:
El príncipe Chang-Yin Tang, delegado de China, que halla semejanza completa entre los altares de la Pirámide de Teotihuacan y los altares del cielo y de la tierra que hay al lado de Pekín. El señor Pizet, delegado del Perú, que le complace haber encontrado los mismo documentos entre las ruinas mexicanas y las peruanas. El señor Martínez Hernández, delegado de Yucatán que, en su concepto Teotihuacan es la ciudad más antigua de América y guarda semejanza absoluta con el templo de Chichen-Itzá, llamado "El Castillo". El señor Ministro de Chile, americanista, que estaba satisfecho porque México había demostrado que tenía algo por enseñar de su antigua civilización, que el resto del mundo ignoraba. El señor Seler, delegado de Alemania, dijo que las ruinas de San Juan Teotihuacan son de las más importantes para la investigación científica y pertenecen a una civilización "pre-azteca"; lo que sorprende más que así las esculturas como las alfarerías, los frescos, no sólo representan un estilo peculiar, sino que por su labor artística son superiores a las hechas posteriormente. Todos los americanistas en sus opiniones y en sus exclamaciones admirativas, daban pruebas inequívocas de su satisfacción y manifestaron en diversas circunstancias que éste había sido sin duda el día más importante del XVIII Congreso Internacional de Americanistas.
A esta importantísima excursión concurrieron los señores: Curtiss Guild jr. embajador especial de los Estados Unidos, y principales miembros de esa delegación; el Barón Yasuya Uchida y miembros de la Embajada Japonesa, general Camilo Polavieja y el capitan Moreno Eliza, general Loynaz del Castillo, don Enrique Creel, licenciado Justo Sierra, don Federico Gamboa, don Enrique Creel, general Gregorio Ruiz, doctor Francisco A. Flores, Carlos Cuilty, licenciado Manuel Cortés, madame M.F. Blazac.
11 de septiembre de 1910.
Periódico El Imparcial (1897-1911)
Extraído de Revista Relatos e Historias en México. Año 11, Número 21, Mayo 2010.
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